Un catálogo de mobiliario tapizado tiene dos dimensiones que se multiplican: los modelos y los acabados. La fotografía tradicional solo sabe recorrer la primera.
Fotografiar una colección exige reservar estudio, transportar los muebles, montar la iluminación, disparar, seleccionar y retocar. Semanas de calendario y una factura que se dispara con cada mueble adicional. Como el presupuesto es finito, se decide lo de siempre: un acabado por modelo.
El resto del muestrario acaba donde siempre: en una plancha de rectangulitos de tela en la última página del catálogo, o en el libro físico que el comercial abre encima de la mesa. El cliente tiene que imaginarse su tela sobre ese sofá. Y en contract, donde cada proyecto pide un tejido distinto, esa imaginación cuesta pedidos.
Añade el resto de imágenes que hoy hacen falta y que nadie presupuestó: las vistas extra de la ficha de ecommerce, los formatos verticales para redes, la ambientación de portada, el macro del tejido para la propuesta de hotel.